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Cuando tuve conciencia de mí, me encontré, entre una falsa y complicada acción de vivir que se fue desarrollando, en búsqueda de la salud y mi razón de ser. En los primeros años todo parecía fácil, pero el dolor y el sufrimiento fueron despejando toda clase de dudas, era como una oscura tempestad de tristeza. Inicié una lucha por estar vivo, pues nada se oponía a que yo dejara este mundo, un mundo donde todo lo que me rodeaba, no tenía sentido, tanto por mi edad, como por mi mala salud. Empezaré por lo que puede ser de interés para tí, amigo, que lees estas páginas.
Mi primer recuerdo se hace presente estando al lado de la habitación de mi abuela materna. Vivíamos muy cerca de los abuelos, en un apartamento que era de ellos, mi hermano mayor y yo jugábamos con los cojines de la sala, rodándonos por las escaleras como en un tobogán. También jugábamos en el volco de una camioneta Ford, que tenía mi padre. En otra oportunidad, mi hermano quería cogerme y yo no me dejaba, cuando de repente apareció una anciana con una cara extraña, parecía cansada y triste, su ropa vieja y rota; se acercó y nos dijo que nos iba a robar, los dos gritamos, ¡papa! ¡mamá!, llegaron y la señora les sonrió, y se fue. |
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| .. | Este recuerdo me quedó grabado, era la primera vez que sentía temor, y una fuerte alegría por tener padres que me protegieran. También fue la primera vez que tuve contacto con un ser necesitado, una persona que tenía menos en lo material, pero estaba llena de ternura... yo, tenía cuatro años. Mis padres cuentan que sufrí mucho, ellos me han dicho que nací un dos de diciembre de mil novecientos sesenta y tres. Fui un niño rubio, hermoso a sus ojos, no sonreía, dice mi madre y lo consulto con la abuela, quien expresó con su sabiduría característica: es cuestión de carácter, no todos los niños sonríen. |
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A los seis meses un médico diagnosticó leucemia aguda, (tenia fiebre permanente y mi sangre daba malos resultados) me dieron seis meses de vida, mandaron los exámenes a Rochester U.S.A. y nunca llegó la respuesta, pero el tratamiento continuaba administrándome unas medicinas muy fuertes que enviaba un amigo de la familia desde el exterior. En el hospital me hacían chequeo semanal chuzando uno de los dedos de mi mano para examinar la evolución de la enfermedad. Cuenta mi padre que cuando cruzábamos por esa calle, siempre lloraba y mostraba el dedo en que me lo hacían. Mi abuelo paterno, del que no tengo recuerdo, pero que en mi corazón lo llevo como si lo hubiera conocido durante largo tiempo, era devoto de un santo, Martín de Porres. Fue quien hizo que mi padre prometiera viajar a Lima (ciudad de origen de dicho santo, donde se encuentra un templo construido en su honor) pidiéndole mi curación; su imagen y su memoria me han acompañado durante toda mi historia. >> |
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