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e visto muchas fotos de mis primeros años, era un niño muy triste, mis recuerdos de ese entonces son muy pocos.
Viene a mi mente un día que me dejaron en un colegio, diagonal a nuestra casa, mis padres dicen que mi hermano ya iba al colegio, quise hacer lo mismo, allí nos reunían en un salón azul muy grande, con gente que no conocía y muchos niños. Sentía que me habían separado de mi hermano y que mis padres me habían abandonado, pasé toda la mañana llorando hasta que mi padre me recogió y regresamos a casa, allí estaba mi hermano, me sentí tranquilo nuevamente. Mi madre le decía a mi padre que debíamos estar en el mismo colegio, al otro día salimos juntos. Es extraño, de ese sitio no tengo muchos recuerdos, era por el Coliseo, tenía un tablero grande, un salón donde hacía mucho frió, sería su piso de baldosa como de una finca vieja… nos sentaron con una niña, eso me desconcertó un poco, de niñas… no sabia nada; allí nos preguntaban por nuestras familias.


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Llega otro tiempo a mi mente. Estaba en el cuarto de mi abuela materna y hacía mucho frío, mi abuela me contemplaba como sólo ella sabía hacerlo, empecé a tiritar, sentí que me helaba, llamaron a mis padres; según el termómetro tenía cuarenta y dos grados de fiebre, comencé a convulsionar, mi madre se sentía desesperada, el abuelo me cogió de los hombros y ella de las piernas, no me podían sujetar, estuve así como media hora, luego me inyectaron y me bañaron con agua tibia y alcohol.

Según los médicos esa alta temperatura puede producir daños cerebrales. Crecí y conmigo, mi barriga, siempre tenía húmedo el pantalón, por lo que mi padre me castigaba (no sabía qué pasaba, pensaba que era descuido). Mis recuerdos son muy vagos, gracias a Dios, porque seguramente sufrí mucho… de esa época quedan cenizas… que no deben volver a tener forma… al final somos lo que hemos vivido y ¿qué sería si no tuviéramos recuerdos?


Como a muchos niños me tienen que operar de las amígdalas, dos intentos y siempre tenía fiebre, era nervioso, al fin me llevan al quirófano, conozco ese sitio tan frío y silencioso, con el que debía familiarizarme. Aún no sabían cuál era mi verdadero estado de salud; primero, encuentro una lámpara que parecía un monstruo; la enfermera le contaba a otra sobre la novela de moda; yo temblaba de miedo, parecía que allí no había amor. Llegó el anestesiólogo, amigo de mis padres y me explico cómo serían las cosas, comencé a sentir que me iba muy lejos… cuando desperté estaba mi madre al lado y me dio un helado de vainilla.
Allí comienzo a tener conocimiento de mi camino por el dolor físico, que es un horno donde se cocina el alma, entendemos nuestra impotencia y cuán soberbios somos.



A los ocho años mi situación era igual, frecuentes fiebres altas, el goteo de orina. Mi padre le pidió al radiólogo, también amigo nuestro, que investigara. Me llevaron a un salón oscuro en una clínica, me pusieron frente a una máquina de rayos x que parecía de cavernícolas; el resultado era confuso, no se podían ver los riñones. Una de las enfermeras le dijo a mi padre que era como si no los tuviera. Él se puso furioso, me vistió y salimos. >>





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