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ecomendaron un médico de Medellín, a quien le debo mucho, siempre tendrá mi gratitud. Viajamos, en una clínica me hicieron de nuevo los rayos x y me durmieron, cuando desperté no tenía barriga; me contó mi madre que habían sacado muchísimos centímetros cúbicos de orina retenida, no recuerdo más… no sé cuánto tiempo transcurrió. Luego viajamos a Medellín y nos quedamos en el Hotel Intercontinental, me pareció muy lindo y pensé que nos quedaríamos unos días. En la tarde fuimos a una clínica donde conozco el médico del que hablé antes, lo veía como un sabio; muy tierno, me sobó la cabeza; luego de ver los exámenes me pidió que saliera porque él debía hablar con mis padres.
Ya afuera me puse a pensar lo bueno del Hotel. Se despidieron del médico y pensé que regresaríamos pero no fue así, me llevaron a una habitación en el segundo piso donde esa noche dormí solo; mis padres fueron al Hotel.

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Al otro día el médico llegó temprano primero que mis padres y me comentó que me operarían muchas veces para estar bien. Ya adulto, supe que cuando estaba esperando fuera del consultorio, decidían si me operaban muchas veces o me dejaban tranquilo, pues si no hacían nada, moriría de una uremia, me quedaría dormido sin ningún sufrimiento y sin darme cuenta. Mi madre prefería que no me atormentaran, además, porque con las operaciones no había ninguna garantía de vida y no quería que sufriera. Mi padre decidió que me hicieran todo lo que se pudiera.


¡¡¡Las dos formas son hermosas!!! ¡¡las dos posiciones fueron actos de Amor!! Me operaban una y otra vez. Mis padres decidieron instalarse en Medellín, mi hermano mayor se quedo en Manizales. Sé que sufrió mucho, pues se sentía desplazado y alejado, era también un niño y necesitaba de ellos.

Mi hermano menor había nacido unos meses antes; era hermoso, rubio como el oro, lleno de vida; nunca se me olvidará cuando lo volví a ver. También estaba en Manizales, mi padre llegó a Medellín con él de sorpresa. Vivíamos en un apartamento piso 11. Miré por la ventana y mi madre y yo corrimos a la portería. Tenía un abrigo camel y estaba rojo por el calor, había dormido todo el viaje. Cuando vio a mi madre corrió, se abrazaron y lloraron, él era muy pequeño; yo también lloré, pero por dentro, tan adentro, que aún lo hago cuando lo recuerdo. Días más tarde me recuperaba de una de las operaciones y pasé por el cuarto donde mis padres estaban discutiendo, comentaban que me tenían que intervenir nuevamente. Mi madre lloraba, yo seguí para mi cuarto y pensé: no tiene sentido separar la familia, no tiene sentido hacerlos sufrir, quise quitarme la vida…


En el fondo del salón había una ventana que daba a la terraza del primer piso. Pensé lanzarme por allí, me acerqué, pero sentí ganas de orinar; por mi enfermedad tenía que hacerlo permanentemente y de inmediato, fui al baño y allí tuve mi primera experiencia espiritual. Al mirar de frente en la puerta, a mano izquierda, había una luz, escuché una voz que me dijo: “Hijo, no pienses eso, todo esto pasará y luego la vida te recompensará, te amo y te entrego algo muy especial, de allí salí lleno de paz y con un don que lo llame: “EL DON DEL PACIENTE”, sentí una tranquilidad tan grande que podía soportar todo lo que viniera.
Cuando salí del baño mi padre me dijo: “hijo, debemos llevarte a operar de nuevo”. Por primera vez le conteste: “papá, no te preocupes todo saldrá bien”.

Continuaron las intervenciones y a mi hermano mayor lo llevaron a vivir con nosotros.
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