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uego de una operación, me dejaron una sonda en el riñón izquierdo que terminaba en un balón, su fin era mantenerla en su puesto, una enfermera sin querer la haló, la movió y perforo el riñón. Sangre un día y una noche. Me acuerdo que era domingo, el doctor no podía operarme pues había pasado sin dormir, su suegro había muerto la noche anterior y él consideraba que no estaba físicamente en condiciones para algo tan delicado, todo quedó aplazado para la mañana siguiente. En esa oportunidad tuve paro cardíaco. Siempre me acompañaba la estatuilla de San Martín de Porres y para las cirugías me la pegaban de la mano con espadadrapo. Ese día cuando empecé a ponerme tan mal, el médico tomó la estatuilla echándosela a su bolsillo y le dijo: “ven querido negro, necesito tu ayuda”; en ese momento comencé a reaccionar. En ese momento tuve mi primer encuentro con la muerte, sentí cómo me pegaban en el pecho y en uno de esos golpes salí de mi cuerpo.

Me encontré en un túnel, tenía forma de espiral, los colores cambiaban mientras me acercaba a una luz; fueron en este orden: amarillo, rosado, azul, violeta y un total blanco. Llegué al ojo del túnel, allí me encontré con una mujer, sentí mucha paz y una sensación muy cálida, sólo la veía cuando miraba de frente, pero cuando miraba hacia ella se desaparecía. Me dice muchas cosas que las manifestaría durante mi proceso espiritual en la tierra, debía regresar pues aún no era mi tiempo. Cuando abrí los ojos, mi madre estaba a mi lado y le conté todo lo que había sucedido. De allí en adelante sentí durante mucho tiempo una gran tristeza por no haber podido quedarme en ese lugar tan hermoso, ahora sólo había dolor y mucha tristeza… con los días encontré la razón por la que estaba nuevamente aquí: debía vivir con paciencia y mucha fe.


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Llega un momento en que mi padre decide llevarnos a vivir un tiempo a USA, le recomendaron unos médicos sabios, bien fuera en el norte o en el sur, se decide por Miami.
Llegamos a USA y nos instalamos en una isla de las que rodean a Miami. Vamos al hospital y me presentan el nuevo médico. Un poco extraño, aunque parecido al de Medellín, alto y con un halo de sabiduría, se decía que primero Dios y luego él… Comienza a examinarme y se sorprende con mi sonda, la tenía en la espalda hacía mucho tiempo, la había conectado a un frasco y se unían por una manguera de suero, el frasco lo botó, yo reaccioné. Yo no sabía que era tan antihigiénico, él me explicó que allá había otros métodos con los que no correría ningún riesgo; era un drenaje especial, con correas para atarlo en la pierna. Más tarde mi padre me llevó a comprarlo, me puse muy contento. Durante los días siguientes me hacen muchos exámenes, entre ellos unos muy dolorosos y deciden reconstruir las vías urinarias, esto me lo habían hecho en Medellín, pero al mes se habían bloqueado, ahora ya no servían.

Primero reconstruyeron la vejiga, encontraron que la ileal, que me habían hecho de intestino cuando me sacaron la mia que estaba inservible, encontraron que el cuello, lo único original, se había reproducido; con el tejido regenerado me hicieron una nueva. Nuevamente veo la mano de Dios. Continúan las cirugías y corresponde al uréter, fracasa a los dos días. Programan otra, para la que llaman a un super especialista que viene de New York. La hacen en una sala especial rayos x, con muchas máquinas. El salón era como un teatro donde se sentaron doce médicos, era la primera vez que se practicaba ese tipo de cirugía en USA. Me acuerdo que a mi lado estaba el médico chileno del grupo que trabajaba con el sabio. Esto fue sin anestesia, me acostaron boca abajo y me sacaron la sonda que tenía hacía seis años; por el orificio, me introducen un catéter hasta llegar al riñón que estaba obstruido, continúan a la vejiga dejando dicho catéter, es terminado en cola de marrano; esto para mantener el paso al uréter. Lo único que hice fue morder la almohada con fuerza, rompieron las paredes del riñón, el uréter y la pared de la vejiga. Le dije a Dios: “no aguanto más”. En ese momento el medico dice: “terminamos”, rompieron en aplausos, le pido al chileno que me excuse con el cirujano por haberme quejado tanto, le traduce y él me mira diciéndome lamento mucho haberle causado tanto dolor; veo en sus ojos lagrimas…

En los días siguientes me da una fuerte depresión, el médico sabio le dice a mi padre que es mejor llevarme a casa porque sicológicamente no tengo fuerzas… y eso también causa la muerte.
Esa misma tarde regreso, me acuestan en la habitación de mis padres. Hacía unos días había muerto una prima de mi madre. Traigo esto a colación porque esa noche, durmiendo con mi hermano, me levanto y sentado en la cama tengo una conversación con ella, mi hermano se asusta y llama a mis padres, yo me despido de ella y me acuesto de nuevo; llegan mis padres, mi madre se queda conmigo. La noche siguiente me acompaña mi padre y en la mañana despierto inundado en sangre, me llevan al hospital, en el trayecto intento perder el sentido. Ya en el hospital no hay habitación, me acomodan con un señor que estaban operando de un tumor cerebral.
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